
Plato. Tuza 1250-1500 d.C. Nariño
“La identidad de un país se define por sus manifestaciones culturales, por ello en gran medida los elementos iconográficos son de gran importancia cuando se trata de definirla”¹
No podemos negar la importancia que tiene la iconografía en la cultura que identifica a cada país. En el caso de Colombia, se evidencia la presencia de elementos precolombinos en diseño gráfico. Ejemplos como la utilización del Poporo Quimbaya, el cual aparecía en la moneda de 20 pesos; el antiguo logosímbolo de Ecopetrol, que representaba a un hombre indígena realizando un baño medicinal con barro y petróleo, o el logosímbolo de la Universidad del Bosque, demuestran que el arte precolombino ha estado y continúa vigente en el desarrollo de proyectos gráficos.

Los Logosimbolos de Ecopetrol (1989), Universidad El Bosque (1977) y Bancolombia (1998 )son algunos ejemplos de la utilización de diseño precolombino en la construcción de identidades corporativas recientes.
Bastan pocos ejemplos para mostrar que la presencia del arte precolombino hace parte del universo iconográfico colombiano. Cada una de las regiones que componen nuestro país, estuvieron pobladas por diferentes culturas indígenas, las cuales aportaron a la construcción de nuestra identidad cultural como colombianos y, además, a los diseñadores gráficos, hoy día, todavía nos provee una fuente de recursos, casi inagotable, con la cual trabajar.
La identidad que tenemos los colombianos en cuanto a los elementos que representan nuestro país es muy amplia, propia de una nación con diversidad étnica (mestizos, indios, negros) y cultural marcada por las diferentes regiones (Pacífica, Andina y del Caribe). ¿Quién no ha comido tamal o bocadillo, montado en chiva, bailado vallenato y cumbia, usado ruana o sombrero vueltiao, quién no se asustó de pequeño con el Moan o la pata sola? Muchos de estos objetos son clave en muchos de los proyectos gráficos actuales y nos llevan a reflexionar sobre qué somos, cómo nos vemos y cómo queremos que nos vean a los colombianos.
Son tan propias estas expresiones cotidianas de colombianeidad, como las expresiones artísticas de las culturas indígenas que vivieron en suelo colombiano y que todos hemos oído mencionar.
Debido al escaso desarrollo de las fuerzas productivas (técnicas de trabajo y herramientas), casi toda la población de los grupos indígenas que habitaron en territorio colombiano tuvieron que dedicarse a la agricultura para producir su alimento y poder subsistir.
Sin embargo, estas culturas se destacaron por otros logros, ya que además de agricultor, el individuo perteneciente a estos grupos era ceramista, tejedor, orfebre, oficios que describen su estilo de vida y, al mismo tiempo, quedaron como muestras palpables del legado que nos dejaron.
No podría referirme en concreto a alguna cultura indígena o pieza en específico de especial relevancia para el diseño grafico en general, pero sí puedo hablar de cómo ciertas características utilizadas por nuestros antepasados en la realización de sus trabajos nos sirven como pauta a los diseñadores gráficos.
La geometría y el cuidado con el que procuraban dotar de simetría a las piezas que realizaban, en mi opinión, es de suma importancia, no porque considere que el buen diseño deba contener estas características, sino porque lograrlas requiere de un esmero y dedicación propios de un artista hábil y disciplinado.
En cuanto a la temática, la representación de seres antropomorfos, zoomorfos, animales simbólicos, algunos de ellos míticos que comparten rasgos combinados, como en el caso de los batracios con dientes de felino en la cultura de San Agustín y Tumaco, o la representación de sus deidades por parte de la cultura Taironaque nos llevan a soñar con seres fantásticos y que evidencian una fuerte capacidad creativa digna de resaltar.

Mochilas arahuacas, Sierra Nevada de Santa Marta
Los coloridos patrones de los tejidos que con tanto esmero realizan las mujeres Wayuu, al norte del país, nos incitan a la alegría y la fiesta, los bien estructurados patrones de las mochilas arahuacas en las que los habitantes de la alta sierra nevada de Santa Marta guardan celosos sus poporos o los sellos, cilindros y planos que utilizaban los Quimbayas para estampar sus textiles.
Objetos tan diversos y tan poco mencionados como los silbatos y ocarinas y las urnas funerarias gigantes de la cultura Tairona, las venus de la cultura Sinú que eran comunes por ser una sociedad que funcionaba bajo el matriarcado. La representación de viviendas y miniaturas que daban la sensación de ver álbumes familiares de épocas remotas². Las máscaras y pectorales de la cultura Calima, objetos que nos hablan de la cotidianidad, pero cargada de matices pertenecientes a nuestros antepasados.
En un mundo globalizado que desde el ámbito de lo gráfico tiende a trabajar de manera repetitiva y estereotipada, tal como lo expresó Antonio Grass en su libro Los Rostros del Pasado³: “En el país todo giraba y gira como en una colonia intelectual: pensamiento y costumbres europeas, o del país de moda, (…) creados por otros pueblos que para hacerlo, sí pensaron en su medio, en sus contextos, en sus raíces”.
Volver a retomar la gráfica de nuestros ancestros puede ser una alternativa a ese saturado sistema de imágenes al que estamos acostumbrados actualmente.
También por una reivindicación de nuestra identidad cultural convirtiendo el arte de nuestros antepasados en un agente activo de nuestra historia para proyectarlo hacia el futuro como parte de lo que somos y de lo que queremos que vean los demás.
1. TORRES, Carlos Alberto y Otros. Arte en los noventa. Universidad Nacional de Colombia. Septiembre de 2004. Pág. 38.
2. Toro, Luz Miriam. Ensayo sobre arte precolombino. Revista Semana-Deco-Ra Noviembre 1998
3. GRASS, Antonio. Los Rostros del Pasado Diseño prehispánico colombiano. Pág 27